domingo, 23 de mayo de 2010

Francisco Nieva, Príncipe de Pantaélica

ESPIRALES ELÍPTICAS

    Francisco Nieva, Príncipe de Pantaélica
                                                Por: Francisco Chaves Guzmán

     Estábamos en plena transición política cuando fui espectador, en un local casi clandestino valenciano, de una representación teatral, a cargo de un grupo aficionado de Elche, que me dejó entusiasmado. La obra se llamaba “El Monje Entreverado” y el cartel anunciador no hacía referencia alguna a su autor.
     Meses después, en el transcurso de un viaje a la ciudad de Elche—viaje artístico, político y amoroso, constelación perfecta en los tiempos que corrían—supe que el dramaturgo responsable de “El Monje Entreverado” se llamaba Francisco Nieva y que el verdadero título de la obra era “Coronada y el Toro”, siendo el monje entreverado nada más que uno de sus personajes.
     Supe también que el disfraz nominativo con que se presentaba la obra de teatro no se debía sólo al intento de burlar la censura, sino también al propio autor, que era muy celoso de sus creaciones y nada propenso a permitir que nadie las llevase a escena sin su directa supervisión. Comprendo y comparto las razones de Francisco Nieva a ese respecto, pero la verdad es que la puesta en escena a la que asistí era un magnífico espectáculo teatral y que gracias a ella me convertí en infatigable seguidor del autor. Pues he de confesar que, en aquel momento, yo no tenía la menor idea de quien pudiera ser el tal Francisco Nieva.
     Con el paso del tiempo —el Tiempo, ese gran aliado de los buscadores de tesoros, de tesoros auténticos, no los inservibles del oropel y la quincallería— descubrí que “Coronada y el Toro” no era un casual estallido de luz, sino que formaba parte de un cuerpo artístico armonioso con el que resultaba por completo consecuente. Y la publicación de su “Teatro Completo”, en 1991, constituyó un festín propio de sibaritas capaces de administrar con tiento sus exquisitas delicias. Exquisitas por la rotundidad con que se mezclan ingredientes de diversa naturaleza. Donde el texto es un jardín de singularidades lingüísticas en el que se refocilan creativamente los giros nacidos espontáneamente en la calle y el discurso reglado de las academias.
     El teatro de Francisco Nieva supone la abolición de las convenciones morales, el trastrocamiento de los roles a cada cual adjudicados. No existen diferencias entre el comportamiento de los nobles y de los criados, entre los vicios de los supuestamente honorables y de los supuestamente degenerados, entre los grandes gestos de los dirigentes y el egoísmo rampante de los súbditos, entre la luminosidad engreída del ave fénix y las sombras siniestras de la rata de alcantarilla. Supone, en definitiva, mostrar en público las endebleces ideológicas, los auténticos bajos instintos, la palabrería vacua, los disfraces con que se oculta la realidad y las tristes miserias de los que se creen protegidos por la fortuna. Es el espejo en que se refleja la hipocresía que anida en todos los rincones y de la fuerza telúrica que es necesario poner en juego para dar un paso liberador.
     Personalmente, tengo especial debilidad por las obras que pertenecen a la época, llamada por los críticos, del Teatro Furioso. Además de “Coronada y el Toro” son imprescindibles muestras de ese momento “La Carroza de Plomo Candente”, “El Rayo Colgado” y “Los Españoles Bajo Tierra”. Sin olvidar algunos espectáculos trepidantes, como “El baile de los Ardientes” o “El Manuscrito Encontrado en Zaragoza”, versión teatral de la novela homónima de Jan Potocki. Esta ha sido precisamente la última obra suya que he visto representada. Era tal el vigor de lo contado en escena que algún jovencito tuvo que ser evacuado del teatro, a media función, preso de lágrimas e histeria, acongojado y acojonado.
     Ahora bien, si su teatro divertido y onírico ya le tiene reservado un sitio de honor en la historia de la literatura, de lo que creo no puede caber la menor duda, su producción novelística está llamada a proporcionarle un pedestal en el Olimpo de los elegidos. En especial, la portentosa “Viaje a Pantaélica”, en mi opinión una de las cumbres de la literatura universal, que comenzó a escribir cuando era casi un adolescente y acabó tres o cuatro décadas más tarde, siendo ya un dramaturgo de peso. En ella se narra la expedición iniciática y aventurera del joven Cambicio de Santiago desde su Galicia natal hasta la fabulosa Pantaélica, suma de cuantas intrigas ha conocido la humanidad, y de sus andanzas por los interminables pasillos palaciegos, donde cada recoveco constituye una nueva sorpresa política y filosófica que le hará más sabio y más decidido. La inmensa imaginación del autor y su dardo punzante llevan al lector a un éxtasis alucinatorio, donde los personajes se cruzan y entremezclan con los de sus dramas.
     Ante tales muestras de ingenio, sus premios literarios y su sillón en la Academia no son sino jalones referenciales de su excelencia literaria. En mi magín he creado una distinción nueva, pensada exclusivamente para él: la de Príncipe de Pantaélica.

Publicado en Diario Lanza el 19 de Mayo de 2010

lunes, 26 de abril de 2010

Vampiros Exquisitos

ESPIRALES ELÍPTICAS

                       Vampiros exquisitos
                                             Por: Francisco Chaves Guzmán

     Aunque desde el siglo XVII el príncipe Vlad —una mezcla de historia y leyenda— había conquistado la pluma de ciertos escritores, y algunos cuentos sobre el personaje comenzaban a difundirse por buena parte de Europa, no fue hasta la eclosión del Romanticismo que el mítico vampiro tomó auténtica carta de naturaleza literaria. Goethe y Potocki, además de otros muchos poetas de le época, incluyeron el vampirismo en sus novelas. Pero actualmente la más recordada de todas ellas es “El Vampiro”, de Polidori, sin lugar a dudas a causa de que fue pergeñada al tiempo que el “Frankenstein”, de Mary Shelley, en el transcurso de unas vacaciones que pasaban en Suiza junto a Lord Byron y Percy B. Shelley.
     Este largo periodo de gestación del personaje del Vampiro guarda una gran similitud con el de Don Juan, pues éste también había aparecido casi de incógnito en las cantigas gallegas medievales y tuvo que esperar varios siglos para ser tomado en consideración por los grandes escritores y expandirse después por los territorios lingüísticos de diferentes literaturas.
     Lo cierto es que el Vampiro sentaba bien a la estética y a la ideología romántica, con su gusto por lo medieval, con sus ruinas preñadas de misterios, con el estremecimiento producido por la confluencia de lo bello y de lo sublime sobrecogedor. Pero no del todo, pues el paisaje era connatural a ese movimiento artístico —basta recordar los óleos de Friedrich o de Gericault— y el Vampiro necesitaba espacios cerrados, simas sin luz
     Por tal razón, el Vampiro tuvo que esperar casi otro siglo para hallar el momento adecuado en que mostrarse en todo su esplendor literario, cuando Bram Stocker le adjudicó el nombre de Drácula en una novela de arquitectura perfecta. Pero Stocker no trabajó en el vacío, sino apoyado en un nuevo movimiento pictórico que hundía sus raíces precisamente en el romanticismo, pero prefería los interiores neogóticos a los paisajes abiertos: el Simbolismo. Moreau, Delville, Ensor, Klimt, y Munch, por citar a los más relevantes seguidores de esta corriente artística, habían encontrado el habitat perfecto para el monstruo de las tinieblas.
     Afortunadamente, los mitos literarios no pueden cerrarse en sí mismos. Su propio carácter de mito obliga a los artistas a darles nueva vida acorde con el cambio que traen las vicisitudes de los tiempos. Tal cosa ha ocurrido siempre, y a todos los mitos, y cuanto más universales han sido más secuelas han producido.
     Una, de gran importancia, se llama Lestat, nombre que ha dado Anne Rice a su propio vampiro, casi otro siglo después que el de Stoker. La inmensa saga vampírica de Anne Rice cuenta con docenas de novelas, pero sólo tres merecen alguna atención, “Entrevista con el Vampiro”, “La Reina de los Condenados” y “Lestat el Vampiro”. Esta última es una auténtica obra de arte, de un ritmo trepidante y un análisis exhaustivo del mundo actual bajo múltiples disfraces.
     Por supuesto, el Lestat de Rice se fundamenta en otro movimiento artístico, el posmodernismo, que intenta ser suma y superación de todos los anteriores, manejando a un tiempo elementos románticos, simbólicos, realistas y de todas las vanguardias. Personalmente, no tengo especial sintonía con el posmodernismo, que me parece un batiburrillo de ideas y sensaciones, pero sí el convencimiento de que Lestat va a dar mucho más que hablar de lo que ahora podemos imaginar. ¿Por qué? Porque es un modelo nuevo. Frente al Drácula de instintos primarios, que se alimenta para la supervivencia, corroído por su propia maldad, atroz y deforme, se levanta Lestat. Que le gusta vivir en grandes palacios, rodeado de obras de arte, amigo de las fiestas y de los oropeles, orgulloso de sí mismo, bello, aficionado a los bocados exquisitos.
     Es preciso hacer mención, aunque muy somera, de los cineastas. El “Vampyr” de Dreyer y el “Nosferatu” de Murnau son obras estéticamente perfectas, pero aportan poco de nuevo, como no sea una denuncia de la maldad del poder absoluto. La “Entrevista con el Vampiro” de Jordan y el “Drácula” de Coppola siguen la estela de Lestat y Drácula, pero se limitan a ser superproducciones sin más afán que el espectáculo. Caso distinto es el de Polanski, cuyo “El Baile de los Vampiros” rompe para siempre con el vampiro tradicional. Y también el de Herzog, cuyo “Nosferatu” muestra los primeros signos, aunque aún muy leves, de un vampiro sofisticado. Puede que la influencia de ambos en Anne Rice haya sido más que anecdótica.
     Queda por saber qué tipo de vampiro aportará la literatura en los próximos cien años, pero es seguro que el modelo seguirá mutando y que, sin duda, será sorprendente.

Publicado en Diario Lanza el 23 de Abril de 2010

jueves, 1 de abril de 2010

De Nemo a Sandokan

ESPIRALES ELÍPTICAS

                            De Nemo a Sandokán
                                               Por: Francisco Chaves Guzmán

      Si realizásemos una encuesta preguntando qué características ha de tener una novela para ser considerada “juvenil” es seguro que nos toparíamos con respuestas no sólo diversas, sino también dispares e incluso contradictorias. Lo mismo que nos ocurriría si la pregunta se refiriese a la idea que los entrevistados tienen sobre la literatura en general o sobre cualquier género literario en particular.
     Confieso que, desde las almenas de la edad provecta, me resulta ciertamente difícil atreverme a fijar las condiciones que una novela ha de tener para que el adjetivo “juvenil” le pueda ser aplicado. Y también confieso que escribir sobre novela juvenil, cuando lo juvenil en general se desvanece entre brumas, me resulta bastante complicado. Y que el presente artículo es, más que nada, un reto conmigo mismo.
     Mas tengo a mi favor haber sido un niño y un adolescente que devoró cuantos libros cayeron en sus manos. Hasta el punto de que mi padre, precisamente quien me había inoculado el gusanillo de los libros, esgrimía como máxima amenaza el dejarme castigado sin leer un par de días. La amenaza surgió efecto y mi comportamiento fue lo suficientemente aceptable, en aquel entonces, como para haber perdido muy pocas tardes de lectura.
     Y si le pregunto a aquel niño que yo fui qué hacía que un libro me gustase, ese niño me responde que una novela debe poseer tres características imprescindibles: que tenga un estilo sencillo y ágil, sin barroquismos (el niño lo diría de otra forma); que sea un huracán de emociones preñadas de informaciones nuevas (el niño también lo diría de otra forma); y que el escritor no aproveche la situación con fines de adoctrinamiento (y aquí el niño sí emplearía un vocabulario absolutamente distinto).
     También a mi favor está el hecho de que mi curiosidad y mi inconfesable vicio por la lectura—sí, vicio, porque crea más dependencia que las drogas duras: de ahí que tenga tan mala consideración en determinados ambientes— haya propiciado que, de vez en cuando, no pueda hacer frente a la tentación de leer o releer alguna novela juvenil o pretendidamente juvenil, lo que me faculta para opinar sobre el asunto.


     Así que las lecturas de aquel niño y de este adulto me van a permitir hacer una valoración de algunos autores considerados como prototipos de la novela juvenil, a sabiendas, claro está, que de haber utilizado baremos distintos para el análisis, los resultados serían bien diferentes.
     Empezaré por decir que la lectura de “La Historia Interminable” me ha causado una agradable sorpresa, pues su carga onírica proponía la activación imaginativa de cualquier chaval que supiese leer —que no son todos—, muy por encima del resto de las novelas de su autor, Michael Ende. Caso muy contrario es el de Jordi Sierra i Fabra, cuyo empecinamiento en mostrar el camino recto, aunque a través de personajes marginales, lo convierte en doctrinario, por mucho que hoy sea el autor más leído en España. Que es lo mismo que le ocurría hace cuarenta años a José Luis Martín Vigil, con la ventaja para éste de que su prosa era de mayor calidad.
     Otros autores que se venden como “juveniles” no lo son en absoluto. Tal es el caso de Charles Dikens, cuya especialidad era la novela social con niño, autor de melodramas para llorar a moco tendido. O Walter Scott, cuyas novelas históricas eran tan de baja calidad que se las relegó al consumo juvenil —lo que hay que aguantar, muchachos—. Caso paradigmático es el de Lewis Carroll, pues sus Alicias tenían —y tienen— tantas y tan diferentes lecturas que difícilmente pueden ser asimiladas por un niño. Parecido caso es el de Louis Pergaud, a quien su “La Guerra de los Botones” le ha otorgado un lugar al sol.
     Quien sí me parece un autor de excelente novela juvenil es Mark Twain, pues las correrías de Tom Sawyer y Huckleberry Finn son auténticas delicias para las mentes calenturientas de poca edad. O Richmal Crompton, pues el incorrecto —sobretodo, hoy— Guillermo sirve de acicate al sentido del humor de los alevines. Y no digamos Jules Verne, el de los alucinantes viajes por todo el orbe, entrenador de futuros científicos, cuyo Capitán Nemo es el modelo para cualquier relato aventurero. Y, sobretodo, Emilio Salgari, cuyas novelas no sólo se leen, sino que también se tocan, se huelen, se oyen, se saborean… pues son grandes aventuras lanzadas a conquistar los sentidos y la imaginación de los chavales más soñadores. Sandokán y los Tigres de la Mompracem no son sino un ejemplo de lo que en sus páginas puede encontrarse, que es diversión y emoción en estado puro.

Publicado en Diario Lanza el 29 de Marzo de 2010

sábado, 13 de marzo de 2010

La Memoria y el Azar

ESPIRALES ELÍPTICAS

                   La Memoria y el Azar
                                                  Por: Francisco Chaves Guzmán

     Acaba de publicarse en España, por primera vez, la filmografía completa de Fernando Arrabal. Sus películas, que nunca fueron estrenadas en España, y que para mi eran únicamente títulos sin significado, han dado pie a estas líneas. Pero es necesario que vayamos por partes.
     Cuando a finales de los años setenta comenzaron a publicarse sus obras teatrales en nuestro país, su lectura fue para mí un descubrimiento luminoso y pronto me convertí en un lector devorador de todos sus escritos y devorado por ellos: se convirtió entonces en una referencia importante. Hasta que conocí a su personaje predilecto: él mismo.



     Entonces fui apartándome de su obra poco a poco, pues su histrionismo compulsivo quedaba en contradicción con mi forma de ser. Ese personaje que representaba ante los medios de comunicación, lenguaraz e irrespetuoso, quedaba en las antípodas de lo que yo consideraba digno de atención y crédito. Seguí leyendo sus obras, pero con menos delectación y provecho que anteriormente.
     Ahora sus películas me han obligado a recapacitar sobre esa ruptura, que ha estado en trance de ser definitiva. Por dos razones. La primera, que he comprendido que su histriónico personaje era sólo eso, un personaje. La segunda, porque son bellísimas, de una estética irreprochable, y de una imaginación desbordante.
     Bella e imaginativa es “Iré como un caballo loco”, una muestra de respeto interracial trufado de un humor negro estrafalario. En mi opinión, la mejor de sus películas. Porque “Viva la muerte” y “El árbol de Guernica” soportan el peso de un exceso de militancia política explícita además de un exceso de datos autobiográficos que no le hacen ningún bien, aunque su factura cinematográfica es de muy alta calidad. Y “Adiós, Babilonia” es cine experimental cuya fórmula está siendo repetida veinte años después, por algunos cineastas jóvenes, en forma de videoarte. El feminismo radical de esta película es mucho más sincero y rebelde que el que se vende hoy en los grandes almacenes. “El cementerio de automóviles” y “El emperador de Perú” son, en mi opinión, sus producciones más flojas, una por ser gratuitamente provocadora y la otra por ser gratuitamente amable, al menos en apariencia.
     A este respecto es preciso tener en consideración que el primer cine de Arrabal sigue inmediatamente en el tiempo a la última etapa de su época “pánica”, la revolucionaria, que coincide con la descomposición del régimen franquista, con el que tenía cuentas pendientes que saldar. Ya se sabe que el tardofranquismo entraba a todos los trapos en su afán por mantener la ortodoxia, y esa circunstancia daba alas a Arrabal para sacar de sus casillas a puristas y censores. Pero, en mi opinión, esto no fue sino un paréntesis motivado por un hecho histórico, pues creo que los intereses de Arrabal no son políticos, sino artísticos en general y por el teatro en particular. Esto no significa que Arrabal no tenga posturas políticas, que las tiene y bien marcadas, mas sus prioridades están en el universo de la creación, donde sí aparecen como uno de sus componentes.

   Cuando en 1960 funda, junto a Topor y Jodorowosky, el movimiento “pánico”, que parte del surrealismo, su objetivo es ir más allá del surrealismo mismo, instaurando una libertad total del artista. Ello entronca con su teatro “efímero”, efímero porque, al basarse en la casi completa improvisación de los actores, no podía ser representado dos veces de la misma manera. Así lo efímero lleva a lo burlesco, y lo burlesco a lo “pánico”, lo que hace referencia al dios Pan, que amenizaba y horrorizaba a un tiempo con su cohorte de ninfas y sátiros. Y este es el espíritu del teatro de Arrabal en toda su trayectoria, antes, en y después del movimiento “pánico”, divertir y asustar en una ceremonia catártica que sirviese de revulsivo al espectador.
     Esto puede comprobarse incluso en sus obras de juventud, cuando las influencias del “postismo” de Edmundo de Ory y Ángel Crespo eran evidentes. “Pic-Nic” y “El Triciclo”, escritas en los primeros años cincuenta, ya cuentan con ese impulso catártico, donde yo creo que se encuentra la fuerza vital de toda su obra, teatral, novelística, poética, ensayística o cinematográfica.
    Cuando el personaje histriónico por él ha inventado vaya diluyéndose en el transcurso de los años, permanecerá su obra utópica y burlesca. Una frase suya lo explica: “El papel del artista es combinar la vida, que es memoria, con el hombre, que es azar”.

Publicado en Diario Lanza el 11 de Marzo de 2010

miércoles, 10 de febrero de 2010

Maldito y Martir

ESPIRALES ELÍPTICAS

                        Maldito y Mártir
                                             Por: Francisco Chaves Guzmán

     El malditismo en la literatura, y en el arte en general, no es monopolio de ninguna época ni país. Pero si hay dos creadores que lo ejemplifiquen, por encima de todos los demás, son Caravaggio como pintor y Genet como literato. Dos genios que se enfrentaron al orden social de su tiempo y bebieron hasta el último trago de la marginación y de la soledad. Si Caravaggio fue el pintor de la luz, por los contrastes y el realismo contundente de sus retratos, Genet ha sido el escritor de las sombras, por sacar a relucir lo que la sociedad francesa tenía escondido bajo la alfombra

Y no es que la Francia del siglo XX haya tenido mala cosecha de malditos. Radiguet, Carco, Artaud y Duvert son algunos de los más célebres. Pero Genet tenía auténtica vocación, de maldito y de mártir. Esa es la razón por la que le dedico el presente artículo.
     Y es también la razón por la que Jean Paul Sartre le dedicó su ensayo “San Genet, Comediante y Mártir”, que, por cierto, no gustó nada al aludido, pero tuvo que callarse porque estaba en deuda con el autor. Deuda y no pequeña, pues entre Jean Cocteau y Jean Paul Sartre habían conseguido su indulto de una condena a cadena perpetua y le habían hecho un sitio en el Parnaso. Por cierto, que Cocteau y Sartre también se sintieron atraídos por el malditismo, pero saborearon el éxito demasiado pronto como para terminar devorados entre sus fauces. Así que Jean Genet, con más de media vida pasada en la cárcel, en la que entró por primera vez a los quince años, se encontró inesperadamente convertido en un autor de éxito. Mas no por ello cambió sus principios ni sus vicios.

     De pronto, bajo los auspicios de Cocteau y Sartre, sus obras de teatro se representaban en los cinco continentes con éxito arrollador. “Las Sirvientas”, “El Balcón” y “Los Negros” fueron, y son, consideradas piezas maestras de la escena. Pero he de confesar que a mí me parece especialmente interesante “Severa Vigilancia”, drama carcelario en el que un bandido adolescente, condenado por robo, se siente fascinado por los grandes crímenes cometidos por los presos más duros del penal, lo que les confiere un aura casi mística de poder y fuerza que borra su envilecimiento.
     También sus novelas, prohibidas con anterioridad, conocen el fulgor de las grandes ediciones y la atención de los críticos, divididos en dos bandos irreconciliables, el que lo sube de inmediato a los altares y el que lo condena al fuego eterno. “Diario del Ladrón”, “Milagro de la Rosa”, “Santa María de las Flores” y “Pompas Fúnebres” se convierten en libros de culto, que todos deben leer aunque sea para denostarlos. Y el éxito concluyente llega con “Querella de Brest”, un pandemonium de marineros, proxenetas, asesinos, drogadictos, policías corruptos, obreros explotados y jóvenes consentidores. Cuando Fassbinder, otro maldito, la llevó al cine, con estética posmoderna y ligeramente edulcorada, debería haber sabido que la maldición le iba a dar alcance y que no llegaría a verla estrenada.
     Mucho antes, el propio Genet había rodado, con muy escasos medios, una película, también de ambiente carcelario, cuya dureza de imágenes quedaba contrastada con un instinto poético de gran altura. “Un Canto de Amor” fue rodada en blanco y negro, absolutamente muda, con una cámara doméstica al hombro y prohibida en todos los países hasta hace muy pocos años.
     Este es Jean Genet, propenso al donjuanismo perverso, proclive al bandolerismo social, viajero incansable entre condena y condena, marginado vocacional, poeta de las alcantarillas y habitante del Parnaso de las Letras Francesas.
     Que, lejos de los fastos que su triunfo literario le propiciaba, pasó algunos de los últimos años de su vida en labor humanitaria en los campos de refugiados palestinos, siendo testigo directo de la matanza de Chatila. Allí dio a luz su única obra de contenido expresamente político, “Cuatro Horas en Chatila”, grito de horror ante la masacre perpetrada.
     Murió en París, en un hotel miserable, llevando como único equipaje los manuscritos de sus obras. Ahora se cumple el centenario de su nacimiento. Que pasará por completo inadvertido, pues sus escritos sólo son recomendables para estómagos bien curtidos.

Publicado en Diario Lanza el 8 de Febrero de 2010

miércoles, 6 de enero de 2010

Viajes a la Luna

ESPIRALES ELÍPTICAS

                         Viajes a la Luna
                                            Por: Francisco Chaves Guzmán

     La ilustración que complementa estas líneas bien podría traer a nuestra memoria la obra ingente y apasionante de Edgar Allan Poe y Jules Verne, dos de los escritores del siglo diecinueve más admirados, por motivos diferentes, entre varias generaciones de lectores.
     Sin embargo, es mi intención sacarlos hoy a relucir solamente por su contribución a un género novelesco que lleva muchos siglos desencadenando sueños.

     En mi opinión, ambos escritores, al igual que todos los escritores y pensadores que en el mundo se han significado, son un producto de su época y tratan sus legendarios viajes a nuestro satélite de acuerdo con las expectativas que crea la incipiente revolución industrial y el afán de conocimiento científico que se universaliza tras las revoluciones políticas francesa y norteamericana.
     Sus novelas selenitas deberían ser consideradas como un punto de inflexión entre las precedentes —terreno exclusivo de la quimera y de la sátira social— y las escritas con posterioridad —en las que la Luna se ha ido convirtiendo paulatinamente en un lugar común, en el cuarto trastero y ubicuo de la imaginación—.
     En su “Un Viaje a la Luna”, Edgar Allan Poe, tras unas pocas páginas en las que navega por los tradicionales senderos del misterio y de la fantasía, opta por los inéditos caminos de la plausibilidad científica y el humor negro, que con tanto éxito supo combinar en el conjunto de su obra. Pocas décadas después, desmarcándose de la estela narrativa de Poe, pero participando entusiastamente del paradigma cultural de su tiempo, Jules Verne nos propone en sus novelas “De la Tierra a la Luna” y “Viaje Alrededor de la Luna” una sucesión de escenas aventureras, impregnadas de inteligencia y dinamismo, que pudiesen haber tenido cabida igualmente en el centro de la tierra o en cualquier isla misteriosa.
     La vuelta de tuerca había sido dada: la Luna todavía no estaba en el sótano de la granja, pero ya resplandecía a la vuelta de la esquina.
     En su película “La Voz de la Luna”, el magistral Fellini rueda una fábula muy divertida sobre los métodos de domesticación de la Luna. Pero Fellini laboraba en campo ubérrimo, puesto que la Luna ya había sido domesticada. Poco a poco, los escritores habían comenzado a deambular entre sus cráteres como si hubieran visto allí la luz por vez primera.
     Algunos con bastante respeto: Asimov, padre del academicismo futurista; Copi, impulsor del surrealismo pornográfico; Clarke, predicador del cientifismo moralista. Y poco más, o nada más, digno de reseñar. Con la Luna ya convertida en mera escenografía, han abundado los subproductos de vampirismo galáctico, irremediables sagas esotéricas, melosos desatinos líricos, cantos de imperialismo triunfalista.
    Y, ¿dónde habitan las novelas selenitas de la época dorada, anteriores a la eclosión mediática de Verne y Poe? Pues en las bibliotecas y en las librerías. En ellas, con un poco de paciencia y mucha perspicacia, pueden encontrarse, en las estanterías más recónditas:
     Por ejemplo, la “Historia Cómica de los Estados e Imperio de la Luna”, cuyo autor, Cyrano de Bergerac, había sido un escritor de raza antes de convertirse en personaje dramático por mediación de Edmond Rostand. Este viaje a la Luna, escrito a mediados del siglo diecisiete es una narración tremendamente divertida, plagada de burlas y sátiras, que se correspondía con el espíritu rebelde y reivindicativo del autor. La obra tenía una segunda parte, titulada “Historia Cómica de los Estados e Imperio del Sol”, de similar factura, que suele ser publicada junto a la anterior.
     Pero fue hace ya dos mil años, en el siglo primero de nuestra era, que el mundo helenístico dio una de sus joyas más rutilantes, Luciano de Samosata, a quien la posteridad ha desdeñado por epicúreo y tratado de arrinconar por iconoclasta. Su obra “Relatos Verídicos”, primer viaje literario a la Luna, se lee con extrema fruición y placer, siendo el espejo en el que se han mirado todos los buenos narradores que han osado adentrarse en los vericuetos siderales. Por cierto, sería una pena que cualquier lector desdeñase el resto de su obra, pues cada una de sus páginas es un tratado que ayuda a comprender el mundo, el suyo y el nuestro.
     Buen viaje por los procelosos caminos de la lectura.

Publicado en Diario Lanza el 4 de Enero de 2010

martes, 15 de diciembre de 2009

Francisco Martín Casado, Comunicador de Emociones


ESPIRALES ELÍPTICAS
                   Comunicador de Emociones
                                                         Por: Francisco Chaves Guzmán

     Dice Paco Martín Casado encontrarse en imperecedera deuda con el paisaje manchego. Con las inmensas profundidades de su llanura. Con su infinita paleta de amarillos, ocres y rojos. Confiesa que este paisaje, que tantas dificultades y trampas tiende al pintor, le ha servido a él como acicate, como estímulo para su esfuerzo en el continuo aprendizaje.


     Los viajes por Europa, las visitas a sus colegas pintores portugueses y franceses, el contacto con realidades estéticas de diferente armonía han constituido en complemento ideal. Complemento necesario para afianzarse en su propia noción pictórica y también para la comprensión de inquietudes distintas y de presupuestos técnicos en principio alejados de lo que fueron sus primeros pasos.
     Sus primeros pasos, lentos y a tientas, como correspondía a un niño autodidacta que a sus catorce años, con un cuaderno de dibujo sobre las rodillas, hacía retratos a carboncillo de los amigos y vecinos. Luego, con la vocación artística ya instalada de manera indeleble, tuvo en la Escuela de Artes y Oficios dos profesores, Antonio López Torres y Jerónimo López Salazar, que moldearon y dirigieron esa vocación hacia caminos de entusiasmo y perfeccionamiento.

    
     Pero cincuenta años después, fiel a sí mismo, Paco Martín Casado continúa desarrollando nuevos conceptos cuya búsqueda le ha permitido una reedición personal, un afianzamiento, que le faculta para avanzar decididamente en el escalafón artístico. Es ahí donde se instala el homenaje que le dedicó la Diputación Provincial de Ciudad Real, un reconocimiento público a su trayectoria, en forma de libro, que lleva por título “Martín Casado. 50 Años de Pintura”. Su obra también figura, elogiosamente tratada, tanto en el “Catálogo Nacional de Arte” y en el “Diccionario de Arte del Siglo XX” como en “Pintores y Escultores Taurinos” y en la monumental “El Arte en los albores del Siglo XXI”. Así pues, nos encontramos ante un pintor que goza de una amplia consideración, acorde con la magnitud de su obra, con la calidad de la misma y con su encomiable afán de superación.
     Por otra parte, no es para nadie un secreto que Martín Casado es un pintor de raíces clásicas, que siente admiración por el Renacimiento italiano y por el Barroco holandés y español. Miguel Ángel, Rembrandt y Velázquez son para él los grandes maestros de la pintura universal, la fuente donde han de beber cuantos tengan el valor de enfrentarse a un lienzo virgen.
     Piensa que el dibujo es la base de la pintura, y dice: “Yo no estoy en contra de la pintura moderna, allá cada cual con sus ideas y su forma de plasmarlas, pero no puedo compartir ciertas teorizaciones, sobretodo en el caso de la abstracción y del minimalismo”.
     Sin embargo, la constante búsqueda de formas narrativas a que ha dedicado su vida le ha llevado al terreno del impresionismo, en cuya sutileza y juego de colores ha encontrado un semillero de inspiración. Estimo sinceramente que en la utilización de los conceptos de este movimiento artístico es un magistral innovador y que solo es cuestión de tiempo que así sea admitido por los críticos y el público.
     ¡El Público! Que juzga, se emociona y valora. Lo que más le interesa, puesto que el objetivo artístico de Martín Casado es comunicar emociones: la perfección técnica es nada al lado de la capacidad de crear vínculos, de habilitar una vía de diálogo con el destinatario de su obra. Un diálogo fluido, enriquecedor para ambos, en el que el triunfador es el arte puesto que su finalidad ha sido cumplida.
     Para Martín Casado, el motor que mueve su pintura es el tesón en forma de perseverancia. Y la consecuencia es la satisfacción de quien vive una aventura y corona con éxito su peripecia por el mundo de los significados y los significantes. Además, la pintura es para él una droga dura, un vicio, una debilidad que es su fortaleza, un aliciente que es su compromiso, una manera de vivir.

Publicado en Diario Lanza el 14 de Diciembre de 2009