domingo, 25 de octubre de 2009

Frenández Menor, Juegos de Luz y Color

ESPIRALES ELÍPTICAS
              Juegos de Luz y Color
                                              Por: Francisco Chaves Guzmán

     Para comprender la obra de José Ángel Fernández Menor no es disparatado comenzar por oírle decir, trascendente y concentrado: “mi perro se llama Perro”. Porque esta frase no es una salida graciosa ni un pleonasmo. Aparte de que, en realidad, su perro se llama Perro, y que no es lo mismo ser que llamarse, dicha frase tiene valor proverbial, ya que nos ilumina sobre dos características del estilo del poeta-pintor, el humor y la concisión. Porque, ¿qué necesidad tiene nadie de llamar a su perro Aristófanes, por citar un nombre cualquiera?
     Del mismo modo que su perro se llama Perro, su pintura se llama Pintura y su poesía lleva por nombre Poesía. Con mayúscula. Más allá de tendencias, modas o escuelas. Porque toda su obra creativa denota fuertes dosis de personalidad y carácter.
     Cuando hace algunos años, armado con una cerilla y una lata de gasolina, en un descampado de La Poblachuela, condenó a la hoguera buena parte de su producción última hubo quien lo vio como un iluminado, preso de juvenil piromanía. Incluso varios bienintencionados vecinos rescataron de las llamas algunos de sus cuadros. Pero, lejos de un arrebato, aquella ceremonia llevaba en sí misma la profundidad de un ritual. Purificada por el fuego, era su propia idea de creación la que ardía, para procurar así un resurgimiento, un renacimiento de su condición de pintor. Aquella misma noche, cuando las pequeñas ascuas aún revoloteaban por los caminos, un Fernández Menor limpio y renovado volvía a sus instrumentos de trabajo para iniciar una nueva etapa en su labor artística.
     He citado deliberadamente La Poblachuela. Porque es allí donde Fernández Menor confiesa haberse hecho pintor, atraído por la poesía que emanaba de sus atardeceres. Azules, naranjas, amarillos, ocres, blancos, rojos se complementan en el cielo de manera irrepetible cada puesta de sol. Esta interna excitación estética le ha llevado a una relación íntima y amorosa con la llanura manchega. Con los paisajes, huertos, rocíos, fogones y gentes.
     En ese arrobamiento ante los juegos de luz que preceden al crepúsculo hay que buscar otra de las características de su estilo. Se refiere al tratamiento del color, pues considera él mismo que el arte radica en su cuidadosa manipulación para dar vida a los objetos. Tanto en el retrato como en el paisaje utiliza colores fuertes, vivos, muy contrastados, de una radicalidad feroz —cercana al fauvismo de André Derain— y de una vitalidad desestructurada —en la línea del futurismo de Carlo Carrá—. Lo que permite que los objetos adquieran connotaciones aparentemente lejanas a su propia naturaleza, pero que, en realidad, no hacen sino multiplicar sus capacidades expresivas de cara al espectador.
     Si tenemos en cuenta que Fernández Menor considera que cualquier superficie es apta para plasmar su pintura, que cualquier material puede suplir al óleo o a la acuarela y que cualquier utensilio es capaz de estar a la altura del pincel y la espátula, habremos obtenido el retrato de un pintor tremendamente moderno, no anquilosado, valientemente innovador. Un pintor en el que clasicismo y vanguardia se unen de forma casi musical para pergeñar una obra de arte personal y sugestiva.
     A todo esto es preciso añadir que el pensamiento artístico de Fernández Menor se basa en tres axiomas fundamentales. Primero, que el artista debe disfrutar de una absoluta libertad de creación. Segundo, que el deber ineludible del poder político es el fomento de la cultura. Y tercero, que un pueblo culto es un pueblo libre, educado, pacífico y próspero.

    
Publicado en Diario Lanza el 23 de Octubre de 2009
 


martes, 20 de octubre de 2009

Inocente Blanco, La Mirada Creativa

ESPIRALES ELÍPTICAS

                  La Mirada Creativa
                                                  Por: Francisco Chaves Guzmán

     He defendido siempre que la calidad de un artista no viene determinada por el virtuosismo técnico, sino por la capacidad que su mirada tenga para captar la realidad que lo circunda.


     Entiéndase: el dominio de los instrumentos propios de su actividad es necesario. Necesario, sí, pero no suficiente. Porque la función del artista no estriba en copiar la realidad inmediata, sino en sacar a la luz destellos de una realidad más profunda, que suele tener tendencia a camuflarse entre la hojarasca de lo manifiesto. Por eso el artista ha de tener una mirada especial que le permita descubrir aquellas relaciones que permanecen ocultas. Pinceles, buriles y lápices son meros instrumentos de los que se sirve para comunicar sus hallazgos.
     Este párrafo introductorio me da pie para decir que, según los parámetros que personalmente valoro, considero a Inocente Blanco de la Rubia como un excelente comunicador de emociones, lo que en mi caso equivale a considerarle un excelente artista.


     Y no solo, naturalmente, por la minuciosidad que habita su pintura, por la habilidad y contundencia de su trazo, por la profundidad que da vida a sus composiciones, por la elección refinada de los materiales que utiliza…
     Sino también, y sobretodo, por su capacidad para imbuirse del mundo que le ha tocado vivir, del pasado huidizo y del presente fáctico. En suma, por las innegables muestras que ofrece de “saber mirar”.
     Pero este “saber mirar” no es nunca una casualidad, no nace por generación espontánea. Muy al contrario: es consecuencia de una receptividad que ancla sus bases antes que nada en la percepción —poniendo en juego los sentidos— y luego en el conocimiento —tamizando la información sensorial por medio de voliciones y afectos—. Es decir, que el artista se hace a través de resortes que ponen a prueba su sensibilidad y su voluntad, que son, a la vez, la piedra angular de su relevancia.
     Así, el templo del arte que ha edificado Inocente Blanco se levanta sobre cuatro columnas: La espiritualidad —que no se debe confundir con religiosidad ni misticismo— del Extremo Oriente, personificada en las enseñanzas del pintor Shintao. La perspectiva que alumbraron los grandes maestros del renacimiento Italiano. Las revolucionarias aportaciones del Arte Moderno, especialmente las elucubraciones plásticas de Matisse y Cézanne. Y los silencios y luces, siempre renovados y sugestivos, del Campo de Calatrava.
     Esta luz y este silencio son dos de las preocupaciones máximas de Inocente Blanco como artista. También lo es el vacío, como semillero de luz y de plenitud. O el ser humano, siempre presente en sus cuadros, aunque no esté directamente representado. O la naturaleza, tan maltratada, al final triunfante de todas las insidias. Y la memoria, sustento final de toda su obra.
     Es precisamente en la memoria donde echan raíces sus dos grandes series, “Paisajes Imaginarios” y “Paisaje y Arquitectura”, pues sus cuadros no son copias del natural, sino rememoraciones de lo vivido, reconocimientos íntimos, apropiaciones esenciales, simulaciones imprescindibles, fructíferos diálogos con los campos de su infancia y con los sueños de madurez.


     Inocente Blanco, natural de Granátula, Licenciado en Prehistoria y Arqueólogo, dedica su vida a la creación artística y considera la pintura como el fundamento de su manera de ser. Es, por otra parte, un reconocido muralista, actividad en la que destaca su monumental instalación para el Museo Arqueológico de Almería, fresco esquemático que narra las peripecias de supervivencia y progreso de la humanidad.
     Para él, que entiende la pintura como un dibujo manchado de color, para quien el impulso creador es la rueda que mueve su existencia, que considera que el arte es siempre un retrato interior, existe una exigencia ineludible: la exigencia de un enorme respeto por la naturaleza y por el ser humano. Para que “las culebras de la memoria”, en palabras de nuestro gran poeta Félix Grande, “no te espanten el espejo”.

Publicado en Duiario Lanza el 19 de Octubre de 2009

viernes, 4 de septiembre de 2009

Prado Donoso, la Fotografía Experimental

ESPIRALES ELÍPTICAS

           La Fotografía Experimental
                                                      Por: Francisco Chaves Guzmán

     “El Arte es el sendero apasionante por el que caminan nuestros más profundos pensamientos”.
     Esta es la frase que gusta utilizar como divisa, como estandarte, Prado Donoso Mazuelas, licenciada en Bellas Artes, para quien la fotografía es algo más que una pasión, pues es la pasión convertida en entronque vital, en cauce para el conocimiento.


     Cabría preguntarse: ¿hacia dónde transitan esos profundos pensamientos? Yo creo que la respuesta está en sus propias fotografías: hacia el entendimiento de cuanto nos rodea, la comprensión de los actos y motivaciones de los humanos, con una mirada original, utilizando para ello técnicas tanto tradicionales como novedosas, investigando de forma experimental cada vez que se decide a apretar el botón del obturador.
     Porque Prado Donoso, lejos de limitarse a mostrar en cada una de sus fotografías un trozo de la realidad, explica ésta a través de metáforas visuales. No es, pues, casualidad que entre sus referentes haya un sitio de honor para los mágicos Cartier-Bresson y Gudzowaty, así como para el paisajista Ansel Adamns.


     Y esta pulsión experimental tiene mucho que ver con su formación como pintora. Fue precisamente un súbito encantamiento producido por la obra de Caspar Friedrich lo que la llevó a ingresar en la Facultad de Bellas Artes. La maestría de Friedrich en la utilización de la luz y su perfección en la composición desataron su vocación. Más tarde fue el paulatino descubrimiento de Van Gogh, con sus rabiosos colores intuitivamente contrastados y la desestructuración de lo real, en una explosión tanto física como mental, lo que la animaron en la búsqueda de vías expresivas emergentes.
     ¡Qué lejos aquel tiempo en que el poeta Baudelaire arremetía contra la fotografía como corruptora del Arte! ¡Qué lejos aquel tiempo en que el pintor Delaroche vaticinaba, entre llantos, la desaparición de la Pintura, vilmente engullida por el infernal y fagocitador daguerrotipo!
     ¡Pues no! Lo que ocurrió fue que los pintores imaginaron nuevas formas y “de –ismo en –ismo” crearon lenguajes revolucionarios al servicio del discernimiento y de la interpretación. Los fotógrafos, por su parte, siguieron una evolución parecida y, dejando a un lado la mera reproducción de los objetos, se embarcaron en la portentosa aventura de mostrar las caras ocultas de tales objetos.


     Ahora numerosos creadores utilizan la pintura y la fotografía como lenguajes expresivos alternativos, ambos llenos de posibilidades comunicativas y una similar consideración en cuanto a sus cualidades artísticas.
     Prado Donoso es uno de ellos. Todo el mundo sabe que en fotografía hay unos principios técnicos básicos que condicionan la forma en que entra la luz en la cámara oscura. Luego está la elección de los objetos y su disposición dentro de los límites del encuadre. Lo propio del artista es aprovechar las sinergias que se producen en el encuentro de todas estas variables independientes hasta conseguir un estilo propio, una voz inconfundible.
     Esta voz personal, la distintiva del artista, es la que pone en juego Prado Donoso Mazuelas para sus investigaciones y experimentos, que no tienen otro fin que sacar a la luz, como decía más arriba, lo que tiende a permanecer oculto.

Publicado en Diario Lanza el 3 de Septiembre de 2009

sábado, 22 de agosto de 2009

Paco Alberola, un Cómico Delirante

ESPIRALES ELÍPTICAS

                Un Cómico Delirante
                                                     Por: Francisco Chaves Guzmán

     Transparente y llano, dotado de un gran sentido del humor, en constante lucha con su timidez, solidario hasta la extenuación, proclive a la empatía, tolerante, responsable, amistoso…
     Tal sería un retrato de Paco Alberola en su calidad de hombre de la calle, de ciudadano medio. Pero, ¿quién es el Paco Alberola que sube al escenario para transformarse en personaje mágico? Un cómico delirante, un histrión exagerado, un duende malicioso, un irreverente mimo.
     Con sus propias palabras: “lo que pretendo es llegar al corazón de la gente, y para mí es más sencillo y estimulante hacerlo a través del chiste, de la parodia, pues la risa nos hace más humanos y más juiciosos”. Esta es la razón por la que se siente cercano a la comedia y por la que ha interpretado tantos papeles en las disparatadas obras de los Quintero, Arniches, Llopis, Mihura, Paso o Muñoz Seca. Y también explica por qué, en la tragedia, suelen asignarle el personaje del “gracioso”, como el Ciutti del Tenorio, papel en el que brilló especialmente.


     Cabe, pues, imaginar a Paco Alberola en un escenario griego, entre columnas jónicas o corintias, más allá de la orquestra, sobre coturnos de madera y camuflado tras la máscara. Pero no para interpretar las sesudas tragedias de Sófocles o Esquilo, ni tampoco las del avanzado Eurípides, ni siquiera las comedias políticas y maledicentes de Aristófanes. Sino las desenfadadas de Menandro, con sus tipos callejeros de fanfarrones y hetairas.
     Esto es así porque, en la histórica lucha entre lo apolíneo y lo dionisiaco, el actor Paco Alberola ha optado por Dionisos y sus bacantes, lo que lleva aparejado la transgresión y la fanfarria.
     Estas referencias a lo báquico sirven para comprender a Paco Alberola cuando dice: “para mí, el teatro es una droga dura, que me tiene totalmente enganchado, que me ha cambiado la vida y de la cual ya no puedo prescindir”. Y es que el teatro le ha servido para domesticar el miedo y la vergüenza, para perfeccionar la dicción, para encontrar la necesaria confianza en sí mismo. Y para crear, según confesión propia, una bestia interior que se siente feliz cuando es centro de atención de un auditorio. En mi opinión, tal es su adicción que de buena gana convertiría cada calle y cada plaza en un escenario radiante de oropeles en el que improvisar desaforados personajes salidos de su magín.
     Naturalmente, puesto que su vocación teatral fue sobrevenida y casual, Paco Alberola tiene la fe del converso. En términos culturales cercanos cayó del caballo al encontrarse con la compañía “Bohemios”, lo que le abrió las puertas de una galaxia desconocida, y llegó al paroxismo en las filas de la compañía “Amigos del Teatro”, que potenció el encantamiento.


     Y, últimamente, una nueva vuelta de tuerca también inesperada le ha llevado al mundo del cine. Donde ha representado pequeños papeles para los directores Alvar Vielsa y José Luis Margotón. Incluso intervino, junto a Javier Fesser, en “Camino”.
     Pero Paco Alberola es muy consciente de encontrarse en fase de aprendizaje. Confía en que un salto cualitativo en madurez y formación le permita afrontar retos hoy todavía distantes, nuevos registros que completen al actor que nace.
     Entonces será el momento de comprobar en su propia piel de actor que el teatro no es sólo un divertimento, sino también, y sobretodo, un motor de emancipación social y personal. Que la farándula y la bohemia no son sino el envoltorio lúdico de algo muy profundo, muy valioso. Que tras las bambalinas se esconden las pesadillas y las quimeras de la humanidad.
     Yo deseo que las musas Talía y Melpómene le muestren la ruta hacia el dios Apolo, complemento imprescindible de Dionisos.

Publicado en Diario Lanza el 19 de Agosto de 2009

lunes, 10 de agosto de 2009

Manuel Plaza, el Arte Democrático

ESPIRALES ELÍPTICAS

            El Arte Democrático
                                                  Por: Francisco Chaves Guzmán

     En todo ser humano habita, camuflado, el germen de un artista. Esto ya lo proclamaba Nietzsche, en sus memorables páginas dedicadas a la adquisición de la capacidad estética: “el acceso a la experiencia de la belleza es una conquista del ser humano”. De todos los seres humanos: en la contemplación e interpretación de la realidad circundante está latente la posibilidad de admirar lo bello y transformarlo en arte.
     Y lo sabe Manuel Plaza Trenado, para quienes los mejores espectadores de una obra de arte son los niños. Dice: “ve a un museo, observa a qué atienden los chiquininos y sabrás dónde hay arte”. Tal vez porque los niños aún no están influenciados por los juicios y prejuicios de los críticos, los técnicos y los historiadores.


     Puede que sea esta la razón por la que disfruta con la obra de los principiantes, de quienes confiesa aprender tanto como de los pintores consagrados. Sí. Manolo Plaza, el pintor de la serenidad, el estudioso del cromatismo, el analista de la pincelada, admira la espontaneidad y el ingenio de los pintores noveles, de los aprendices. Pienso que tal admiración tiene una relación causal con su dedicación a la enseñanza, tanto en los cursos reglados del Museo López Villaseñor como la que imparte en su propio estudio para alumnos particulares.
     Desde luego, la primera idea que les hace llegar es una sentencia de Umberto Eco: “cada cuadro es distinto del anterior, tiene sus propias leyes y, por supuesto, se cierra en sí mismo. Se cierra físicamente, pero permanece abierto a las reelaboraciones del espectador”.
     Pero, ¿en qué ámbito se mueven las leyes de un cuadro? Manolo Plaza lo tiene claro. En primer lugar que, puesto que la imagen es un engaño, la sensación debe prevalecer sobre la percepción, tanto por parte del autor como del espectador. En segundo lugar que, dado que la sensación es subjetiva, los juicios sobre la realidad y su traducción artística dependen de la singularidad de los actores implicados antes que de la materia objetiva, necesariamente individualizada en los procesos de creación e interpretación. Y, en tercer lugar, como corolario, que la sintaxis de un cuadro es, o debe ser, irrepetible, obedeciendo sólo al camino que dicte la enajenación del autor en el momento de la creación y la enajenación del espectador en el momento de la reinterpretación.
     Sin embargo, en aparente contradicción con lo anterior, el verdadero artista deja indeleble su huella personal, su factura, en toda su obra, de cuadro a cuadro, de época a época, de motivo en motivo. Esta huella, tanto en los artistas plásticos como en los literatos o en los músicos, es la que los hace reconocibles al espectador, por encima de las circunstancias que condicionan la realización de cada una de sus obras.
     Llegados a este punto, habrá que preguntarse: “¿cuál es la huella que define la pintura de Manolo Plaza?

     Aquí es necesario tener en cuenta que él es un ferviente admirador de Giorgio di Morandi y de Ángel Andrade, a quienes considera maestros de la composición y por los que se siente personalmente más influido. También que la mezcla óptica de los colores, propia del Puntillismo, indica el nacimiento de una pintura puramente plástica, por encima de condicionamientos ideológicos. Que considera al Fauvismo, con su explosión de colores fortísimos, un paso adelante en la misma dirección. Que aplaude la iconoclasta revelación del Dadaísmo —¡el Arte ha muerto, viva el Arte!—, defenestrador de camarillas elitistas autocomplacientes y democratizador de la actividad artística, por lo que supone de liberación del academicismo encorsetado y repetitivo. Y que se siente fascinado por la fábrica de sueños que es el surrealismo, en el que las deformaciones están al servicio del conocimiento de la realidad.
     Manolo Plaza plasma en sus obras sus convicciones artísticas: la posible y necesaria coexistencia entre figurativismo y abstracción; la convivencia de la tradición y la vanguardia; la certeza de que la calidad de un objeto no radica en sí mismo, sino en la mirada que lo examina, y, por lo tanto, cualquiera de ellos puede estar en el punto de mira del artista.
     Es en todos estos planteamientos donde hecha raíces su huella, su factura. Porque lo que hace identificable la obra toda de Manolo Plaza es la pincelada producto de un riguroso estudio, la cadencia rítmica que anima cada una de sus composiciones, la atención a las pequeñas cosas, el contraste simultáneo de los colores y la coherencia interna. Y para mí, como espectador atento, una gran sensación de serenidad y sosiego.
     Manolo Plaza, licenciado en Bellas Artes, profesor de dibujo artístico, tras docenas de exposiciones y repetidamente premiado a lo largo y a lo ancho de toda la geografía española, no se cansa de desafiar a cuantos se cruza: “¿Y tú porqué no pintas?”. Como Akira Kurosawa hiciera decir al Van Gogh de su película “Los Sueños”.

Publicado en Diario Lanza el 8 de Agosto de 2009

jueves, 23 de julio de 2009

Damián Manzanares, el Poeta Ensimismado

ESPIRALES ELÍPTICAS

          El Poeta Ensimismado
                                                  Por: Francisco Chaves Guzmán

     A veces, los versos fluyen del poeta con la naturalidad de las cosas cotidianas, sin visible esfuerzo, mansamente unos días, estrepitosos otros, entre gritos y susurros, con la sonoridad de una cascada o con la paz de un remanso.
     Así es la poesía de Damián Manzanares, palabras en enjambre dibujando cabriolas, que parecen seguir la “Preceptiva Poética” de León Felipe. Porque su poesía nace de un interno fulgor, de una pulsión ignota que utiliza el verso como vehículo, las palabras como cauce y las ideas como mapa. Pero no es verso, ni palabra, ni idea, sino una necesidad vital que se manifiesta a su través.
     Esta es la razón por la que yo no veo en Damián Manzanares lo que algunos críticos ven o dicen ver: un poeta social, un poeta amoroso, un poeta místico. No. Yo en Damián Manzanares sólo encuentro un poeta. Un poeta ensimismado, exiliado en sí mismo. Que vive, sueña y ama al albur de la poesía. En la que su pensamiento, sus lágrimas y su manera de estar son ya poesía.


     Este Doctor en Filología Hispánica, de una destreza depuradísima, no pone su poesía al servicio de la técnica, sino ésta a las órdenes del universo poético que lo anima, de tal forma que sus composiciones resultan de una sencillez exquisita, desnudas de abalorios, de una exactitud casi matemática y de una austeridad casi monacal. Dadas estas premisas, debe quedar claro que sus poemarios devienen plácidos, pero no rigurosos, y exultantes. A quien esto le parezca una contradicción no tiene nada más que zambullirse en ellos para comprobar con qué admirable tino la resuelve. Que no es otro que el de su vitalidad poética, a la que me refería anteriormente, encarnada en versos, palabras e ideas.
     Esta materialización, que no es su poesía, sino la expresión externa de ella, es la que se sirve de la técnica para darla a conocer y crear un puente codificable que la acerque al lector.
     Ahí nace su total desapego por la rima, que utiliza en contadísimas ocasiones, como si la considerase una forma ajena a la poesía, una simple aliteración malabarista que otros emplean para captar y encantar al lector, que se vería atrapado en sus redes. Por el contrario, el ritmo que impone a sus poemas está profundamente estudiado, tal vez porque piensa que música y poesía comparten idénticos principios de belleza y vigor: la versificación en diverso metros, del bisilábico al alejandrino, le sirve para expresar diversos estados de ánimo, alegría y tristeza, esperanza y abatimiento, excitación y mesura. Porque su poesía intimista es un compendio de pasiones, dudas, heroísmo, amor, virtud, tropiezos. Un tobogán de percepciones y sensaciones que lo catapulta a la trascendencia.
     Todo ello es factible encontrar en las páginas de su trilogía Aires Nuevos, que es mi preferida, compuesta por los libros Río de Cielo, En tu regazo y Loas a Vela. Y también en sus posteriores poemarios De celestes amores y Poemas blancos, este último magníficamente prologado por Mari Carmen Matute.
     Creo objetivo añadir que estas líneas son, también, un homenaje a nuestra inveterada amistad. Una amistad no basada en las coincidencias, sino en el mutuo respeto a trayectorias bien diferentes y bifurcantes. Una sana amistad, en las antípodas del amiguismo clientelista.

Publicado en Diario Lanza el 20 de Julio de 2009

martes, 7 de julio de 2009

Jesús Millán, la Danza de los Colores

ESPIRALES ELÍPTICAS

              La Danza de los Colores
                                                  Por: Francisco Chaves Guzmán

     La paleta de Jesús Millán Cueva esconde una gama muy amplia de colores, pero en ella predominan los que son fuertes, puros, abrasadores. Frente a su caballete, se conmueve al ritmo de la música de Brahms, de Mozart, de Chopin, de Albinoni. Y deja que la fantasía vague deslizándose sobre el lienzo virgen, capturando las hermosas imágenes que conformarán la obra. Y es que él jamás comienza un trabajo con una idea preconcebida, sino que se deja arrastrar por los guiños que le devuelve el propio lienzo, con el que guarda una relación de abierta complicidad.
     Creo necesario señalar ahora que la primera vez que visité una exposición de Jesús Millán —hará unos quince años, en el Palacio Medrano de Ciudad Real— tuve la impresión de asistir a un espectáculo de danza, en el que cada uno de los cuadros allí colgados ponía en escena un ballet insondable, de hondas reminiscencias oníricas, tal era la arrasadora fuerza que emanaba.
     Desde entonces me ocurre siempre al enfrentarme a sus obras. Cuando se lo comenté hace pocos días, en lo que fue preludio de este artículo, me miró con ojos incrédulos, como si le estuviese hablando de una pintura para él desconocida: tal vez en ese momento olvidamos ambos que la obra del artista es siempre interpretada según el código del espectador, que el artista es un intermediario entre éste y la idea que lo ha movido.
     Por lo que es muy probable que esa música que a Jesús Millán le gusta escuchar mientras su pincel trabaja continúe viva en sus cuadros, mezclada con el óleo. También que, en cierta forma, las influencias de sus referentes pictóricos —el cromatismo de Mogdigliani y el análisis cubista de Picasso— animen sus lienzos de una manera especial. Aunque dice que sus verdadera influencia y vocación vino de su abuelo Rafael, “un hombre cultísimo y gran artista, que me enseñó a convivir con el arte y la belleza allá en mi pueblo natal, Argamasilla de Alba, durante los años de mi infancia”.

     Y es precisamente su sentido de la belleza el que le ha hecho elegir Almagro como ciudad adoptiva, en cuyos rincones encuentra la necesaria paz estética que permite fluir audazmente sus ensoñaciones, espoleadas por el extraño mestizaje entre la arquitectura monacal y umbría de los Calatravos y la arquitectura jovial y heliotrópica de los Fugger.
     Tal vez este maridaje entre los Calatravos y los Fugger haya servido de caldo de cultivo en el que se han potenciado las características que desde siempre definieron su pintura: el frenético ritmo interno que subyace en todas las composiciones, la refinada sensualidad que brota libremente de las figuras femeninas, la perfecta armonía del color procurando efectos de plenitud, la simbiosis creativa entre las elementales fuerzas de la naturaleza y las sofisticadas de la imaginación, el profundo sentido poético que anima cada uno de sus cuadros…
     No es, por tanto, casualidad que sus ratos libres los dedique a la composición poética. Desgraciadamente, por un prurito de pudor, sus poemas intimistas nunca han visto la luz y se mantienen en el más absoluto de los secretos, cuando bien podrían aportar una visión complementaria a los conocedores de su obra pictórica.


     Jesús Millán, que se define como “paridor de pinturas”, abomina del mercantilismo en el arte (“yo no vivo de la pintura, sino para la pinturas”) y tiene un carácter fuerte, que le lleva a proclamar que “hay que decir siempre la verdad, aunque duela”. Su pintura es verdad. También defiende que la mayor fortuna consiste en tener buenos amigos. Eso es ir con la verdad por delante.
     Y yo, ensimismado espectador, sigo pensando que su pintura es, como decía más arriba, una danza frenética, en que la musicalidad de los colores me lleva a un hondo disfrute estético. Sensación que se acentúa en la contemplación de sus admirables murales.

Publicado en Diario Lanza el 5 de Julio de 2009