sábado, 13 de marzo de 2010

La Memoria y el Azar

ESPIRALES ELÍPTICAS

                   La Memoria y el Azar
                                                  Por: Francisco Chaves Guzmán

     Acaba de publicarse en España, por primera vez, la filmografía completa de Fernando Arrabal. Sus películas, que nunca fueron estrenadas en España, y que para mi eran únicamente títulos sin significado, han dado pie a estas líneas. Pero es necesario que vayamos por partes.
     Cuando a finales de los años setenta comenzaron a publicarse sus obras teatrales en nuestro país, su lectura fue para mí un descubrimiento luminoso y pronto me convertí en un lector devorador de todos sus escritos y devorado por ellos: se convirtió entonces en una referencia importante. Hasta que conocí a su personaje predilecto: él mismo.



     Entonces fui apartándome de su obra poco a poco, pues su histrionismo compulsivo quedaba en contradicción con mi forma de ser. Ese personaje que representaba ante los medios de comunicación, lenguaraz e irrespetuoso, quedaba en las antípodas de lo que yo consideraba digno de atención y crédito. Seguí leyendo sus obras, pero con menos delectación y provecho que anteriormente.
     Ahora sus películas me han obligado a recapacitar sobre esa ruptura, que ha estado en trance de ser definitiva. Por dos razones. La primera, que he comprendido que su histriónico personaje era sólo eso, un personaje. La segunda, porque son bellísimas, de una estética irreprochable, y de una imaginación desbordante.
     Bella e imaginativa es “Iré como un caballo loco”, una muestra de respeto interracial trufado de un humor negro estrafalario. En mi opinión, la mejor de sus películas. Porque “Viva la muerte” y “El árbol de Guernica” soportan el peso de un exceso de militancia política explícita además de un exceso de datos autobiográficos que no le hacen ningún bien, aunque su factura cinematográfica es de muy alta calidad. Y “Adiós, Babilonia” es cine experimental cuya fórmula está siendo repetida veinte años después, por algunos cineastas jóvenes, en forma de videoarte. El feminismo radical de esta película es mucho más sincero y rebelde que el que se vende hoy en los grandes almacenes. “El cementerio de automóviles” y “El emperador de Perú” son, en mi opinión, sus producciones más flojas, una por ser gratuitamente provocadora y la otra por ser gratuitamente amable, al menos en apariencia.
     A este respecto es preciso tener en consideración que el primer cine de Arrabal sigue inmediatamente en el tiempo a la última etapa de su época “pánica”, la revolucionaria, que coincide con la descomposición del régimen franquista, con el que tenía cuentas pendientes que saldar. Ya se sabe que el tardofranquismo entraba a todos los trapos en su afán por mantener la ortodoxia, y esa circunstancia daba alas a Arrabal para sacar de sus casillas a puristas y censores. Pero, en mi opinión, esto no fue sino un paréntesis motivado por un hecho histórico, pues creo que los intereses de Arrabal no son políticos, sino artísticos en general y por el teatro en particular. Esto no significa que Arrabal no tenga posturas políticas, que las tiene y bien marcadas, mas sus prioridades están en el universo de la creación, donde sí aparecen como uno de sus componentes.

   Cuando en 1960 funda, junto a Topor y Jodorowosky, el movimiento “pánico”, que parte del surrealismo, su objetivo es ir más allá del surrealismo mismo, instaurando una libertad total del artista. Ello entronca con su teatro “efímero”, efímero porque, al basarse en la casi completa improvisación de los actores, no podía ser representado dos veces de la misma manera. Así lo efímero lleva a lo burlesco, y lo burlesco a lo “pánico”, lo que hace referencia al dios Pan, que amenizaba y horrorizaba a un tiempo con su cohorte de ninfas y sátiros. Y este es el espíritu del teatro de Arrabal en toda su trayectoria, antes, en y después del movimiento “pánico”, divertir y asustar en una ceremonia catártica que sirviese de revulsivo al espectador.
     Esto puede comprobarse incluso en sus obras de juventud, cuando las influencias del “postismo” de Edmundo de Ory y Ángel Crespo eran evidentes. “Pic-Nic” y “El Triciclo”, escritas en los primeros años cincuenta, ya cuentan con ese impulso catártico, donde yo creo que se encuentra la fuerza vital de toda su obra, teatral, novelística, poética, ensayística o cinematográfica.
    Cuando el personaje histriónico por él ha inventado vaya diluyéndose en el transcurso de los años, permanecerá su obra utópica y burlesca. Una frase suya lo explica: “El papel del artista es combinar la vida, que es memoria, con el hombre, que es azar”.

Publicado en Diario Lanza el 11 de Marzo de 2010

miércoles, 10 de febrero de 2010

Maldito y Martir

ESPIRALES ELÍPTICAS

                        Maldito y Mártir
                                             Por: Francisco Chaves Guzmán

     El malditismo en la literatura, y en el arte en general, no es monopolio de ninguna época ni país. Pero si hay dos creadores que lo ejemplifiquen, por encima de todos los demás, son Caravaggio como pintor y Genet como literato. Dos genios que se enfrentaron al orden social de su tiempo y bebieron hasta el último trago de la marginación y de la soledad. Si Caravaggio fue el pintor de la luz, por los contrastes y el realismo contundente de sus retratos, Genet ha sido el escritor de las sombras, por sacar a relucir lo que la sociedad francesa tenía escondido bajo la alfombra

Y no es que la Francia del siglo XX haya tenido mala cosecha de malditos. Radiguet, Carco, Artaud y Duvert son algunos de los más célebres. Pero Genet tenía auténtica vocación, de maldito y de mártir. Esa es la razón por la que le dedico el presente artículo.
     Y es también la razón por la que Jean Paul Sartre le dedicó su ensayo “San Genet, Comediante y Mártir”, que, por cierto, no gustó nada al aludido, pero tuvo que callarse porque estaba en deuda con el autor. Deuda y no pequeña, pues entre Jean Cocteau y Jean Paul Sartre habían conseguido su indulto de una condena a cadena perpetua y le habían hecho un sitio en el Parnaso. Por cierto, que Cocteau y Sartre también se sintieron atraídos por el malditismo, pero saborearon el éxito demasiado pronto como para terminar devorados entre sus fauces. Así que Jean Genet, con más de media vida pasada en la cárcel, en la que entró por primera vez a los quince años, se encontró inesperadamente convertido en un autor de éxito. Mas no por ello cambió sus principios ni sus vicios.

     De pronto, bajo los auspicios de Cocteau y Sartre, sus obras de teatro se representaban en los cinco continentes con éxito arrollador. “Las Sirvientas”, “El Balcón” y “Los Negros” fueron, y son, consideradas piezas maestras de la escena. Pero he de confesar que a mí me parece especialmente interesante “Severa Vigilancia”, drama carcelario en el que un bandido adolescente, condenado por robo, se siente fascinado por los grandes crímenes cometidos por los presos más duros del penal, lo que les confiere un aura casi mística de poder y fuerza que borra su envilecimiento.
     También sus novelas, prohibidas con anterioridad, conocen el fulgor de las grandes ediciones y la atención de los críticos, divididos en dos bandos irreconciliables, el que lo sube de inmediato a los altares y el que lo condena al fuego eterno. “Diario del Ladrón”, “Milagro de la Rosa”, “Santa María de las Flores” y “Pompas Fúnebres” se convierten en libros de culto, que todos deben leer aunque sea para denostarlos. Y el éxito concluyente llega con “Querella de Brest”, un pandemonium de marineros, proxenetas, asesinos, drogadictos, policías corruptos, obreros explotados y jóvenes consentidores. Cuando Fassbinder, otro maldito, la llevó al cine, con estética posmoderna y ligeramente edulcorada, debería haber sabido que la maldición le iba a dar alcance y que no llegaría a verla estrenada.
     Mucho antes, el propio Genet había rodado, con muy escasos medios, una película, también de ambiente carcelario, cuya dureza de imágenes quedaba contrastada con un instinto poético de gran altura. “Un Canto de Amor” fue rodada en blanco y negro, absolutamente muda, con una cámara doméstica al hombro y prohibida en todos los países hasta hace muy pocos años.
     Este es Jean Genet, propenso al donjuanismo perverso, proclive al bandolerismo social, viajero incansable entre condena y condena, marginado vocacional, poeta de las alcantarillas y habitante del Parnaso de las Letras Francesas.
     Que, lejos de los fastos que su triunfo literario le propiciaba, pasó algunos de los últimos años de su vida en labor humanitaria en los campos de refugiados palestinos, siendo testigo directo de la matanza de Chatila. Allí dio a luz su única obra de contenido expresamente político, “Cuatro Horas en Chatila”, grito de horror ante la masacre perpetrada.
     Murió en París, en un hotel miserable, llevando como único equipaje los manuscritos de sus obras. Ahora se cumple el centenario de su nacimiento. Que pasará por completo inadvertido, pues sus escritos sólo son recomendables para estómagos bien curtidos.

Publicado en Diario Lanza el 8 de Febrero de 2010

miércoles, 6 de enero de 2010

Viajes a la Luna

ESPIRALES ELÍPTICAS

                         Viajes a la Luna
                                            Por: Francisco Chaves Guzmán

     La ilustración que complementa estas líneas bien podría traer a nuestra memoria la obra ingente y apasionante de Edgar Allan Poe y Jules Verne, dos de los escritores del siglo diecinueve más admirados, por motivos diferentes, entre varias generaciones de lectores.
     Sin embargo, es mi intención sacarlos hoy a relucir solamente por su contribución a un género novelesco que lleva muchos siglos desencadenando sueños.

     En mi opinión, ambos escritores, al igual que todos los escritores y pensadores que en el mundo se han significado, son un producto de su época y tratan sus legendarios viajes a nuestro satélite de acuerdo con las expectativas que crea la incipiente revolución industrial y el afán de conocimiento científico que se universaliza tras las revoluciones políticas francesa y norteamericana.
     Sus novelas selenitas deberían ser consideradas como un punto de inflexión entre las precedentes —terreno exclusivo de la quimera y de la sátira social— y las escritas con posterioridad —en las que la Luna se ha ido convirtiendo paulatinamente en un lugar común, en el cuarto trastero y ubicuo de la imaginación—.
     En su “Un Viaje a la Luna”, Edgar Allan Poe, tras unas pocas páginas en las que navega por los tradicionales senderos del misterio y de la fantasía, opta por los inéditos caminos de la plausibilidad científica y el humor negro, que con tanto éxito supo combinar en el conjunto de su obra. Pocas décadas después, desmarcándose de la estela narrativa de Poe, pero participando entusiastamente del paradigma cultural de su tiempo, Jules Verne nos propone en sus novelas “De la Tierra a la Luna” y “Viaje Alrededor de la Luna” una sucesión de escenas aventureras, impregnadas de inteligencia y dinamismo, que pudiesen haber tenido cabida igualmente en el centro de la tierra o en cualquier isla misteriosa.
     La vuelta de tuerca había sido dada: la Luna todavía no estaba en el sótano de la granja, pero ya resplandecía a la vuelta de la esquina.
     En su película “La Voz de la Luna”, el magistral Fellini rueda una fábula muy divertida sobre los métodos de domesticación de la Luna. Pero Fellini laboraba en campo ubérrimo, puesto que la Luna ya había sido domesticada. Poco a poco, los escritores habían comenzado a deambular entre sus cráteres como si hubieran visto allí la luz por vez primera.
     Algunos con bastante respeto: Asimov, padre del academicismo futurista; Copi, impulsor del surrealismo pornográfico; Clarke, predicador del cientifismo moralista. Y poco más, o nada más, digno de reseñar. Con la Luna ya convertida en mera escenografía, han abundado los subproductos de vampirismo galáctico, irremediables sagas esotéricas, melosos desatinos líricos, cantos de imperialismo triunfalista.
    Y, ¿dónde habitan las novelas selenitas de la época dorada, anteriores a la eclosión mediática de Verne y Poe? Pues en las bibliotecas y en las librerías. En ellas, con un poco de paciencia y mucha perspicacia, pueden encontrarse, en las estanterías más recónditas:
     Por ejemplo, la “Historia Cómica de los Estados e Imperio de la Luna”, cuyo autor, Cyrano de Bergerac, había sido un escritor de raza antes de convertirse en personaje dramático por mediación de Edmond Rostand. Este viaje a la Luna, escrito a mediados del siglo diecisiete es una narración tremendamente divertida, plagada de burlas y sátiras, que se correspondía con el espíritu rebelde y reivindicativo del autor. La obra tenía una segunda parte, titulada “Historia Cómica de los Estados e Imperio del Sol”, de similar factura, que suele ser publicada junto a la anterior.
     Pero fue hace ya dos mil años, en el siglo primero de nuestra era, que el mundo helenístico dio una de sus joyas más rutilantes, Luciano de Samosata, a quien la posteridad ha desdeñado por epicúreo y tratado de arrinconar por iconoclasta. Su obra “Relatos Verídicos”, primer viaje literario a la Luna, se lee con extrema fruición y placer, siendo el espejo en el que se han mirado todos los buenos narradores que han osado adentrarse en los vericuetos siderales. Por cierto, sería una pena que cualquier lector desdeñase el resto de su obra, pues cada una de sus páginas es un tratado que ayuda a comprender el mundo, el suyo y el nuestro.
     Buen viaje por los procelosos caminos de la lectura.

Publicado en Diario Lanza el 4 de Enero de 2010

martes, 15 de diciembre de 2009

Francisco Martín Casado, Comunicador de Emociones


ESPIRALES ELÍPTICAS
                   Comunicador de Emociones
                                                         Por: Francisco Chaves Guzmán

     Dice Paco Martín Casado encontrarse en imperecedera deuda con el paisaje manchego. Con las inmensas profundidades de su llanura. Con su infinita paleta de amarillos, ocres y rojos. Confiesa que este paisaje, que tantas dificultades y trampas tiende al pintor, le ha servido a él como acicate, como estímulo para su esfuerzo en el continuo aprendizaje.


     Los viajes por Europa, las visitas a sus colegas pintores portugueses y franceses, el contacto con realidades estéticas de diferente armonía han constituido en complemento ideal. Complemento necesario para afianzarse en su propia noción pictórica y también para la comprensión de inquietudes distintas y de presupuestos técnicos en principio alejados de lo que fueron sus primeros pasos.
     Sus primeros pasos, lentos y a tientas, como correspondía a un niño autodidacta que a sus catorce años, con un cuaderno de dibujo sobre las rodillas, hacía retratos a carboncillo de los amigos y vecinos. Luego, con la vocación artística ya instalada de manera indeleble, tuvo en la Escuela de Artes y Oficios dos profesores, Antonio López Torres y Jerónimo López Salazar, que moldearon y dirigieron esa vocación hacia caminos de entusiasmo y perfeccionamiento.

    
     Pero cincuenta años después, fiel a sí mismo, Paco Martín Casado continúa desarrollando nuevos conceptos cuya búsqueda le ha permitido una reedición personal, un afianzamiento, que le faculta para avanzar decididamente en el escalafón artístico. Es ahí donde se instala el homenaje que le dedicó la Diputación Provincial de Ciudad Real, un reconocimiento público a su trayectoria, en forma de libro, que lleva por título “Martín Casado. 50 Años de Pintura”. Su obra también figura, elogiosamente tratada, tanto en el “Catálogo Nacional de Arte” y en el “Diccionario de Arte del Siglo XX” como en “Pintores y Escultores Taurinos” y en la monumental “El Arte en los albores del Siglo XXI”. Así pues, nos encontramos ante un pintor que goza de una amplia consideración, acorde con la magnitud de su obra, con la calidad de la misma y con su encomiable afán de superación.
     Por otra parte, no es para nadie un secreto que Martín Casado es un pintor de raíces clásicas, que siente admiración por el Renacimiento italiano y por el Barroco holandés y español. Miguel Ángel, Rembrandt y Velázquez son para él los grandes maestros de la pintura universal, la fuente donde han de beber cuantos tengan el valor de enfrentarse a un lienzo virgen.
     Piensa que el dibujo es la base de la pintura, y dice: “Yo no estoy en contra de la pintura moderna, allá cada cual con sus ideas y su forma de plasmarlas, pero no puedo compartir ciertas teorizaciones, sobretodo en el caso de la abstracción y del minimalismo”.
     Sin embargo, la constante búsqueda de formas narrativas a que ha dedicado su vida le ha llevado al terreno del impresionismo, en cuya sutileza y juego de colores ha encontrado un semillero de inspiración. Estimo sinceramente que en la utilización de los conceptos de este movimiento artístico es un magistral innovador y que solo es cuestión de tiempo que así sea admitido por los críticos y el público.
     ¡El Público! Que juzga, se emociona y valora. Lo que más le interesa, puesto que el objetivo artístico de Martín Casado es comunicar emociones: la perfección técnica es nada al lado de la capacidad de crear vínculos, de habilitar una vía de diálogo con el destinatario de su obra. Un diálogo fluido, enriquecedor para ambos, en el que el triunfador es el arte puesto que su finalidad ha sido cumplida.
     Para Martín Casado, el motor que mueve su pintura es el tesón en forma de perseverancia. Y la consecuencia es la satisfacción de quien vive una aventura y corona con éxito su peripecia por el mundo de los significados y los significantes. Además, la pintura es para él una droga dura, un vicio, una debilidad que es su fortaleza, un aliciente que es su compromiso, una manera de vivir.

Publicado en Diario Lanza el 14 de Diciembre de 2009

lunes, 30 de noviembre de 2009

El Realismo Abstracto

   

ESPIRALES ELÍPTICAS
                   El Realismo Abstracto
                                             Por: Francisco Chaves Guzmán

     Ocurre a veces, y esta es una de ellas, en que la fortuna se alía con alguien para ayudarle a descubrir lo oculto, para desvelarle la existencia de cosas, personas o sucesos que merecía la pena conocer.

     Así es como, gracias al azar —cuyo empeño en sorprender y transformar es universalmente notorio—, supe hace unas semanas que Ángeles María Aranda era persona merecedora de atención y artista con múltiples recursos. Fue en el transcurso del Festival de Cine de Ciudad Real —que con tanto acierto ha dirigido Álvaro Vielsa— que asistí a la proyección de un cortometraje de Ángeles Aranda, “Experimentación Sensorial”, un videoarte sin argumento que expresa a través de la imagen la panoplia de sensaciones que el ser humano puede percibir a través de todos los sentidos. Con una fotografía cuidadísima, un montaje muy efectivo y una gran delicadeza, “Experimentación Sensorial” constituía un cine nuevo, arriesgado, trufado de emociones intensas, lleno de valentía.
     Era necesario conocer a Ángeles Aranda, su directora.
     De una juventud resuelta y contundente. Licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid. Natural de Bolaños de Calatrava. Culta y refinada, con una comprobable aureola intelectual. Este podría ser su retrato, si lo elaboramos de manera sucinta, con pinceladas contundentes y efectos sólidos, a la manera de los iconoclastas impresionistas. Las sutiles insinuaciones de la materia de los sueños y la transformación paulatina de los límites de los objetos son ya obra de la directora.
     He visto durante los últimos días otros tres cortometrajes realizados por ella. “Revelación” es obra de ficción en la que muestra un asesinato cometido en el castillo de los Calatravos hace siete siglos. Muy lograda en el plano técnico, cuenta con excelentes interpretaciones y un ritmo trepidante. “In-Tetuán” es un documental sobre la inmigración, elaborado con atención a las diversas posiciones ideológicas y de una factura exquisita. “El despertar del sueño” es un descenso al infierno de la violencia de género, a través del fotomontaje.

     Pero no todo es cine en esta realizadora que se declara subyugada por las películas de Alejandro Amenazar y David Linch. Ángeles Aranda es artista de múltiples facetas, una intelectual multidisciplinar que necesita diferentes medios expresivos para poner de manifiesto sus sentimientos, dudas y certezas. Para gritar su desolación. Para clamar contra la marginación y la injusticia. Para luchar por una sociedad abierta y tolerante. A sus veinticinco años es una mujer comprometida, rebelde, que utiliza su trabajo artístico como fuerza emancipadora.
     Por eso, como fotógrafa, utiliza reflejos y disonancias que aplica al retrato psicológico con el fin de destacar los rasgos de personalidad más esclarecedores. Y una intermitencia entre realismo y abstracción que ayuda a poner de relieve las contradicciones y trampas que acechan por doquier. Puesto que piensa que el arte es, ante todo, comunicación, sus fotografías son discursos sobre la naturaleza humana.
    También dice que en el arte se produce un bucle entre la frustración creativa y la creatividad frustrante en el que se haya la energía que pone en funcionamiento la maquinaria de la producción artística. Según ella, su trabajo como pintora, que liga realismo y surrealismo, depende fundamentalmente de esa fuerza generadora. Cuyos resultados están determinados por influencias de Velázquez, Monet y Kandinsky.
     Alguien de espíritu tan combativo tenía, asimismo, que navegar por las bravas aguas de la literatura, donde le gusta pacer en las ubérrimas novelas García Márquez y Paul Auster. Sus cuentos y guiones cinematográficos beben de estas fuentes. Y, como poeta, sus versos libres aúnan torbellinos de fuerza con delicadezas al límite.
     Esta es la Ángeles Aranda que el Primer Festival de Cine de Ciudad Real me ha permitido conocer. Aunque solo fuese por ello, ya habría valido la pena la existencia del Festival. No ha sido premiada, pero tal cosa carece de importancia, porque los premios suelen ser consecuencia de la oportunidad y la suerte.


Publicado en Diario Lanza el 26 de Noviembre de 2009

domingo, 25 de octubre de 2009

Frenández Menor, Juegos de Luz y Color

ESPIRALES ELÍPTICAS
              Juegos de Luz y Color
                                              Por: Francisco Chaves Guzmán

     Para comprender la obra de José Ángel Fernández Menor no es disparatado comenzar por oírle decir, trascendente y concentrado: “mi perro se llama Perro”. Porque esta frase no es una salida graciosa ni un pleonasmo. Aparte de que, en realidad, su perro se llama Perro, y que no es lo mismo ser que llamarse, dicha frase tiene valor proverbial, ya que nos ilumina sobre dos características del estilo del poeta-pintor, el humor y la concisión. Porque, ¿qué necesidad tiene nadie de llamar a su perro Aristófanes, por citar un nombre cualquiera?
     Del mismo modo que su perro se llama Perro, su pintura se llama Pintura y su poesía lleva por nombre Poesía. Con mayúscula. Más allá de tendencias, modas o escuelas. Porque toda su obra creativa denota fuertes dosis de personalidad y carácter.
     Cuando hace algunos años, armado con una cerilla y una lata de gasolina, en un descampado de La Poblachuela, condenó a la hoguera buena parte de su producción última hubo quien lo vio como un iluminado, preso de juvenil piromanía. Incluso varios bienintencionados vecinos rescataron de las llamas algunos de sus cuadros. Pero, lejos de un arrebato, aquella ceremonia llevaba en sí misma la profundidad de un ritual. Purificada por el fuego, era su propia idea de creación la que ardía, para procurar así un resurgimiento, un renacimiento de su condición de pintor. Aquella misma noche, cuando las pequeñas ascuas aún revoloteaban por los caminos, un Fernández Menor limpio y renovado volvía a sus instrumentos de trabajo para iniciar una nueva etapa en su labor artística.
     He citado deliberadamente La Poblachuela. Porque es allí donde Fernández Menor confiesa haberse hecho pintor, atraído por la poesía que emanaba de sus atardeceres. Azules, naranjas, amarillos, ocres, blancos, rojos se complementan en el cielo de manera irrepetible cada puesta de sol. Esta interna excitación estética le ha llevado a una relación íntima y amorosa con la llanura manchega. Con los paisajes, huertos, rocíos, fogones y gentes.
     En ese arrobamiento ante los juegos de luz que preceden al crepúsculo hay que buscar otra de las características de su estilo. Se refiere al tratamiento del color, pues considera él mismo que el arte radica en su cuidadosa manipulación para dar vida a los objetos. Tanto en el retrato como en el paisaje utiliza colores fuertes, vivos, muy contrastados, de una radicalidad feroz —cercana al fauvismo de André Derain— y de una vitalidad desestructurada —en la línea del futurismo de Carlo Carrá—. Lo que permite que los objetos adquieran connotaciones aparentemente lejanas a su propia naturaleza, pero que, en realidad, no hacen sino multiplicar sus capacidades expresivas de cara al espectador.
     Si tenemos en cuenta que Fernández Menor considera que cualquier superficie es apta para plasmar su pintura, que cualquier material puede suplir al óleo o a la acuarela y que cualquier utensilio es capaz de estar a la altura del pincel y la espátula, habremos obtenido el retrato de un pintor tremendamente moderno, no anquilosado, valientemente innovador. Un pintor en el que clasicismo y vanguardia se unen de forma casi musical para pergeñar una obra de arte personal y sugestiva.
     A todo esto es preciso añadir que el pensamiento artístico de Fernández Menor se basa en tres axiomas fundamentales. Primero, que el artista debe disfrutar de una absoluta libertad de creación. Segundo, que el deber ineludible del poder político es el fomento de la cultura. Y tercero, que un pueblo culto es un pueblo libre, educado, pacífico y próspero.

    
Publicado en Diario Lanza el 23 de Octubre de 2009
 


martes, 20 de octubre de 2009

Inocente Blanco, La Mirada Creativa

ESPIRALES ELÍPTICAS

                  La Mirada Creativa
                                                  Por: Francisco Chaves Guzmán

     He defendido siempre que la calidad de un artista no viene determinada por el virtuosismo técnico, sino por la capacidad que su mirada tenga para captar la realidad que lo circunda.


     Entiéndase: el dominio de los instrumentos propios de su actividad es necesario. Necesario, sí, pero no suficiente. Porque la función del artista no estriba en copiar la realidad inmediata, sino en sacar a la luz destellos de una realidad más profunda, que suele tener tendencia a camuflarse entre la hojarasca de lo manifiesto. Por eso el artista ha de tener una mirada especial que le permita descubrir aquellas relaciones que permanecen ocultas. Pinceles, buriles y lápices son meros instrumentos de los que se sirve para comunicar sus hallazgos.
     Este párrafo introductorio me da pie para decir que, según los parámetros que personalmente valoro, considero a Inocente Blanco de la Rubia como un excelente comunicador de emociones, lo que en mi caso equivale a considerarle un excelente artista.


     Y no solo, naturalmente, por la minuciosidad que habita su pintura, por la habilidad y contundencia de su trazo, por la profundidad que da vida a sus composiciones, por la elección refinada de los materiales que utiliza…
     Sino también, y sobretodo, por su capacidad para imbuirse del mundo que le ha tocado vivir, del pasado huidizo y del presente fáctico. En suma, por las innegables muestras que ofrece de “saber mirar”.
     Pero este “saber mirar” no es nunca una casualidad, no nace por generación espontánea. Muy al contrario: es consecuencia de una receptividad que ancla sus bases antes que nada en la percepción —poniendo en juego los sentidos— y luego en el conocimiento —tamizando la información sensorial por medio de voliciones y afectos—. Es decir, que el artista se hace a través de resortes que ponen a prueba su sensibilidad y su voluntad, que son, a la vez, la piedra angular de su relevancia.
     Así, el templo del arte que ha edificado Inocente Blanco se levanta sobre cuatro columnas: La espiritualidad —que no se debe confundir con religiosidad ni misticismo— del Extremo Oriente, personificada en las enseñanzas del pintor Shintao. La perspectiva que alumbraron los grandes maestros del renacimiento Italiano. Las revolucionarias aportaciones del Arte Moderno, especialmente las elucubraciones plásticas de Matisse y Cézanne. Y los silencios y luces, siempre renovados y sugestivos, del Campo de Calatrava.
     Esta luz y este silencio son dos de las preocupaciones máximas de Inocente Blanco como artista. También lo es el vacío, como semillero de luz y de plenitud. O el ser humano, siempre presente en sus cuadros, aunque no esté directamente representado. O la naturaleza, tan maltratada, al final triunfante de todas las insidias. Y la memoria, sustento final de toda su obra.
     Es precisamente en la memoria donde echan raíces sus dos grandes series, “Paisajes Imaginarios” y “Paisaje y Arquitectura”, pues sus cuadros no son copias del natural, sino rememoraciones de lo vivido, reconocimientos íntimos, apropiaciones esenciales, simulaciones imprescindibles, fructíferos diálogos con los campos de su infancia y con los sueños de madurez.


     Inocente Blanco, natural de Granátula, Licenciado en Prehistoria y Arqueólogo, dedica su vida a la creación artística y considera la pintura como el fundamento de su manera de ser. Es, por otra parte, un reconocido muralista, actividad en la que destaca su monumental instalación para el Museo Arqueológico de Almería, fresco esquemático que narra las peripecias de supervivencia y progreso de la humanidad.
     Para él, que entiende la pintura como un dibujo manchado de color, para quien el impulso creador es la rueda que mueve su existencia, que considera que el arte es siempre un retrato interior, existe una exigencia ineludible: la exigencia de un enorme respeto por la naturaleza y por el ser humano. Para que “las culebras de la memoria”, en palabras de nuestro gran poeta Félix Grande, “no te espanten el espejo”.

Publicado en Duiario Lanza el 19 de Octubre de 2009